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lunes, 6 de abril de 2015

Vuelve (cap. 3)

Capítulo 3

(recordar capítulos 1 y 2)

Te encontré recortando círculos dibujados con compás sobre una cartulina negra. Te encontré en la mesa de la cocina (la única que tenemos).

Un segundo
Dos
 
blog.berbury.com
Hablas:  "Vas a pensar que es algo raro. Pero es un objetivo común. Igual te ríes, no sé que pensarás de esto". 

Estiro los ojos. Los tuyos están quietos. 

Un segundo
Dos

Hablas: "Escribimos nuestros deseos. Todo lo que queremos. Sea lo que sea: material, espiritual, para el futuro o para ahora...Nos concentramos en las palabras y como somos muchas almas hay más energía que empuja el objetivo, funciona así. Se consiguen cosas grandes. Una casa familiar con jardín en El Escorial, por ejemplo". 
floresdedientedeleon.blogspot.com

Tenso la pupila un centímetro más. Las cejas se me remueven como saltamontes.

Realmente el 'club de los úteros'  (¿o lo llamáis círculo?) es más pragmático de lo que parece. Pedís casas, coches, trabajos, dinero, incluso novios sin pretensiones maritales y vacaciones en Ibiza. Me pongo un café para no perder detalle de lo que me cuentas. Por Dios, sigue Alessia. 

Un segundo. Dos, tres y cuatro.

Esta vez no dices nada.

Tendré que imaginarme la música de tambores para iniciarse en el club. Las personas. Sus caras, sus ropas, su edad, si es que existe alguna forma de medirla. Tantas preguntas...


flickrhievemind.net
Te has marchado a pasar unos días a La Vera. Quizá ése era tu deseo de cartulina,  y ahora estás comiendo fresas, paseando de la mano de Alfonso y remojando los pies en algún arroyo cristalino del Tiétar.

Pasa un día. Otro. Y el tercero

"Vuelve". Alzo la voz por si me oyes. 




jueves, 26 de marzo de 2015

Leche de arroz (cap. 2)


[Éste es el capítulo 1]

Capítulo 2

Ahora vives aquí (¿cuántas semanas hace?), y me he acostumbrado a ver tus botas de cremallera lateral en la entrada (qué pies tan pequeños), y ese anorak de papel negro y corto. Pienso que llegas del instituto y me pregunto qué muchacho te habrá invitado esta vez a tomar café. Eres una erasmus de veinte que se gira al primer silbido de un extraño y corre impaciente para contarlo en casa a quien pille por delante: un ser vivo o inerte. Esta vez estaba yo. 

commons.wikimedia.orgs

Te encoges y te haces la distraída por la cocina. "¿Quieres una taza de cacao con leche de arroz?". Hablas con zancada larga y la mirada perdida de un vagabundo al que no le esperan en ninguna parte. Hablas del trabajo. De tu  oficina. De las vacaciones y los sentimientos así en la misma frase y sin puntos. De la energía de la tierra. Ahora de la energía de la luna. De tu sitio. De tu centro. De algún núcleo perdido (cuándo lo viste por última vez...). 

Doy cinco sorbos más al colacao vegetal. "¿Qué querrás decir? ¿Adónde nos lleva todo esto Alessia?"


commons.wikimedia.orgs
Cuando vuelves al plano real te levantas sin decir nada. Coges la batidora para preparar un gazpacho de remolacha.

Hablas sordo. Te entiendo lento.


martes, 24 de marzo de 2015

¿Con dos eses? Cap. 1

Capítulo 1

Perdona que te llamara Alesandra. Tenía la idea de que eras otra persona, no voy a fingir. Te imaginaba como una de esas administrativas de color de las sábanas recién puestas y un par de pecas dispuestas sin ninguna gracia en la cara.

La esperaba a ella. A la mujer trilingüe. Viajera. Culta. Inquieta. 



No acerté en nada. Tuviste que repetirme dos veces tu nombre por teléfono: 

-Soy Alessia. Alessia con dos eses
-¿Dos eses? 
 
Entonces te tecleé en Google y dejaste de ser un concepto casi idolatrado. "Alessia is a mostly Italian feminine form of the male name Alexius or Alessio". 

La nacionalidad suiza es un farol en tu pasaporte.  Requiere contexto. Una señal que te identifique como miembro de la etnia de habla romana. Perteneces a ese tercio. Porque tienes más de olivas negras que de secreto bancario. Te remueves bien en la charla fácil, en el tono exagerado. No viniste al mundo para esquiar en el valle Landwassertal de Davos querida Alessia... 

Continuará








martes, 17 de marzo de 2015

Coaching concentrado

Si juzgas a un pez por su habilidad para trepar árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil

[frase atribuida a mucha gente. Tomémosla como un proverbio popular]



lunes, 23 de febrero de 2015

He aprendido (II)

1. Formar juicios no demuestra sabiduría
2. No hacerlos, mucha
3. Aun reconociéndolo, en ocasiones es difícil meterse en la cama sin resolver la triple duda: "-¿Quién es este tipo-de dónde viene-qué es lo que quiere?"
4. Entonces uno se pone manos a la obra:
5. Si sus orejas han perdido la semejanza con un feto, es un adulto del montón
5. Si rehúye mostrar las palmas de las manos, duda y te hará dudar.  
6. Pero si las pupilas no le abandonan en un día gris, 
y si en su fondo como un punto de luz radia una idea 
Entonces hay una esperanza. Qué duda queda.



    martes, 10 de febrero de 2015

    Primate sin tacto

    Comenzó a buscar los pantalones amplios de inmediato porque en sus bolsillos holgados podría guardar mejor el secreto. Por un instante fue consciente de que el pánico no tardaría en entrar en la habitación así que antes de que el miedo pudiera doblegar su voluntad decidió hacerlo ella misma. Sin dudarlo un segundo, la agarró por la cabellera y tras un mínimo forcejeo consiguió silenciarla en el cajón donde desde hacía meses se arremolinaban las pulseras sin cierre y los calcetines sueltos.


    Ajena al susurro sabelotodo de la conducta de pronto todo le pareció más sencillo. Tan sólo debía responder a los impulsos externos, y desenvolverse como un primate que retoza por la naturaleza hasta que desgarra de ella lo que desea. 

    ugenamagenta.blogspot.com.es




    Prensó el pantalón entre los dientes: la tela era fría como el acero. Sintió dentera pero debía aguantar el espasmo e idear la manera de deslizar las extremidades por cada una de las perneras. La tarea era compleja y el esfuerzo fatuo. Al décimo intento, el instinto le alentó a probar una estrategia diferente, pero la invitación le llevaba directamente a un sótano sin salida.



    Intentar coger el pantalón con las manos no había sido buena idea. Porque ella ya no tenía manos. Le colgaban de la muñecas, sí, pero se habían convertido en marionetas privadas de sentido y tacto. En realidad, carecía de yemas en los dedos. Las había perdido con el paso del tiempo, o eso creía, pero tal vez sería más honesto recordar que habían desaparecido por el estrés brutal al que estaban sometidas las almohadillas. 


    Las primeras en perder el aspecto de montaña fueron las de los pulgares: se esfumaron al año y pico de enviar mensajes y whatspp masivos. Los índices fueron limándose por otras causas, en general, por culpa de los interruptores (la vitro, las luces, las cámaras). El ansia por tocarlo todo, en una palabra. Los otros tres –anular, corazón  y meñique- se apagaron gradualmente: un cuarto de milímetro por cada jornada al teclado.



    De todo esto no guardaba más que un recuerdo intermitente. Antes de cerrar los ojos para descansar, y sin la decisión clara de volver a intentar su hazaña, tartamudeó para sus adentros. Se puede vivir sin voluntad. Sin instinto. Y perderlos a ambos por las yemas de los dedos.