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jueves, 29 de agosto de 2013

La vuelta del canario

Mi vecino es un canario. No me refiero a que provenga de la isla, sino al pajarito que se puso tan de moda entre las familias de los ochenta. Luego llegaron las tortugas de cinco centímetros, los peces abobados en agua turbia y las cisternas portadoras de seres vivos bien muertos.

Pero volvamos a los canarios. A mi vecino quiero decir. Es muy higiénico para las cosas de la casa. Por las mañanas suele dar vueltas por el salón. Desayuna. No se ducha porque prefiere ponerse a remojo por las noches y enseguida sale al balcón. Es cuando lo veo. Asoma su cabecita. Suave. Pequeña. Como un pegote de algodón. La gira. Vuelta y vuelta. Repite el movimiento, pero ahora observa con más detalle. El patio a la derecha, los edificios a la izquierda. Continúa con un giro inferior: el garaje que pronto se quedará vacío. Le sigue un volteo del cuerpo hacia arriba: el cielo. Azul celeste.

Minutos después se mete para dentro y se asoma por las ventanas del otro lado de la jaula. Me lo imagino haciendo equilibrio sobre las cuerdas del tendal, cerrando los ojos huecos ante el primer aire fresco que llega en agosto a Madrid. 

Recreación sobre photaki.com.


El canario apenas coge el ascensor. Opta por dar saltos por la escalera. A veces se detiene en los descansillos temeroso de salir a la calle y abandonar los treinta metros cuadrados donde tiene fijado el comedero.  

El lunes le vi por primera vez después de las vacaciones. Le noté cambiado. Quizá tenía ganas de hablar pero no no dijo nada. Me miró y levantó rápidamente el vuelo para casa.

Voló….

Quizá el próximo verano avance algún peldaño en la cadena de la evolución humana

lunes, 29 de julio de 2013

Intermediarios


Se buscan responsables. Ya nadie quiere serlo. La inacción – o el febril escaqueo si lo quieres llevar para regalo- es la varicela del adulto. Un mal vírico que te asalta al hacerte mayor  y que se queda para siempre en forma de pústulas blandas, granos de miseria con el don de la locuacidad.  

Ocurre así desde que podemos silenciar el móvil. Desde que con un botón enviamos un mensaje corto para no quedar del todo mal con un amigo nescafé cualquiera. Desde que nos comportamos como decimos que no somos. La espontaneidad murió el día en que se inventó el modo vibratorio, esa dosis justa de estruendo
que te hace incluso sentirte cómodo si decides pasar página y seguir a solas con tu conciencia.


La tecnología de banda ancha nos ha dado todo a cambio de no mojarnos en nada y, como premio,  permite  que esculpamos nuestras vidas colgando  fotos de Instagram que hablan de cielos del color del catálogo de Ikea y de amaneceres únicos, como si alguna vez hubiese habido dos iguales.

Pero no siempre ha sido así. Hubo un tiempo –meses o años, según para quién- en el que siempre se cogía el teléfono. En mi casa que sonara el cacharro ése era todo un acontecimiento. Y descolgarlo una misión importante porque te convertía en paloma mensajera o en la telefonista eficiente.

“Ah, cuánto tiempo […] déjalo en mis manos. Tienes mi palabra. Nos vemos la próxima semana”.  

Directo. Sin buzones de voz. Sin intermediarios

martes, 23 de julio de 2013

¿Te podemos llamar Kenia?

En España no se toma agua con gas, mucho menos se pide. No se alquila porque lleva implícito tirar billetes de cien euros por la ventana y los niños están fichados por el móvil porque los padres son 2.0

Sólo un loco deja la silla del curro antes de las nueve. El porte es lo que la cáscara al huevo: si lo rompes te expones a que encuentren más clara que yema. 

El aire adquiere la categoría de acondicionado  si consigue frenar el riego sanguíneo y la tele se enciende todas las tardes para ver cómo se aparean los leones y las leonas de La 2. Lo dicen las encuestas.

Los calcetines se enrollan como una bolita en el cajón. Comer sin pan es hacer el bobo y el reciclaje está sobrevalorado: en el vertedero acaba todo junto, las sardinas al lado de los tarros de espárragos y el tambor de la lavadora




 
España es  de sus cosas. De sus nombres. De MaricármenesLeonores. De Manolos y Antonios con concesiones puntuales a cócteles tipo Kevin Jesús para mayor gloria de la mofa colectiva. 

Lo nuevo se absorbe si entra con pajita. Si no, simplemente hay que cambiarlo. De hecho se cambia

"Tienes un nombre muy difícil de pronunciar y  puesto que eres negra te llamaremos Kenia en la oficina. ¿Te podemos llamar así verdad?  

Gracias, Kenia".

Lo creamos o no hay más de una manera de doblar un calcetín



miércoles, 17 de julio de 2013

Coaching concentrado (III)


No te fíes de quienes ven el vaso siempre -siempre, siempre- vacío. Su organismo está viciado y se atragantan nada más probar la primera gota.

jueves, 11 de julio de 2013

Barrigas


Las barrigas son confesionarios de pecados mortales que asoman entre los botones bajos de la camisa, cúmulos de triglicéridos que se quedaron contigo cuando te dejó tirado la resaca. 

Las barrigas dicen lo que las manos callan.  A menudo malviven en tierra de nadie, una castilla entera entre el aro del pecho y la paraíso pélvico pérdido. Barrigas tiernas y barrigas doblegadas por la tiranía del cinturón.

Amamos las barrigas sin perímetro porque pitan gol en las buenas rachas.